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BIOGRAFÍA LITERARIA

Una fotografía es un momento de la vida congelado en el instante. En cualquiera que vea nuestra foto, puede despertar la curiosidad, y hacerse preguntas tales como "¿cuándo era esto? ¿dónde estará ocurriendo? ¿quiénes son los personajes?", o incluso más penetrantes, como "¿sería feliz aquel día?".

Pero para uno mismo, la foto no es sólo una foto, y el momento congelado ya comienza a descongelarse en el mismo momento en que nuestros ojos se posan en la imagen, empieza a escurrir ese agua cristalina a veces y opaca otras que es el recuerdo. Vuelven olores, sensaciones, como ocurría con aquella ya famosa galleta de Proust. Un pensamiento se liga a otro y, como diría mi amigo el escritor Javier Núñez, se produce la "teoría de las cerezas": uno tira de un recuerdo, y trae otro a la rastra, y así lo que no es mas que una imagen fija se vuelve encadenamiento de interminables imágenes en nuestra mente.

Hace ya tiempo que probé estas sensaciones -a mí me gusta mucho guardar las fotos de instantes de mi vida, de lugares en los que he estado- y en algún momento esas fotos -algunas- empezaron a tomar vida en la palabra escrita. Si es que algún día se vuelven libro, sé que eso tardará al menos mucho tiempo, imposible sabe cuánto. Así que pensé que quizás alguien quiera compartir esas IMÁGENES conmigo a medida que van surgiendo. Y aquí están...

 


Cuando era chico, mucho antes de este día (aunque el tiempo de los recuerdos no es muy preciso cuando se refiere a una edad tan temprana), papá tenía una bicicleta a la que era posible adosarle una sillita de metal con asiento de madera. Se enganchaba en el caño de la bici, y de ese modo él podía trasladarme de un lado a otro, y yo, imagino, feliz como un bendito. No hay fotos, pero sí un recuerdo, vaya a saber por qué ese y no otro, de aquella bicicleta: apoyada contra la pared de la casa vecina, un muro blanco que se correspondía al salón de la casa de al lado y que, delimitando un ancho pasillo con piso de tierra, se enfrentaba a la pared exterior de nuestro comedor. El espacio entre ambos, con la pared nuestra como frontón, hacía las veces de cancha de pelota a paleta; pero de eso hablaré en algún otro momento.

La  bicicleta paterna era un protagonista destacado, por cierto, de la historia que mi padre nos contaba (a mi hermano y a mí: mis hermanas aún no habían nacido) cuando por las tardes, a una hora en que el sol iba cayendo,  volvía del taller. Todavía engrasado por la lidia diaria con caños y soldaduras, mi padre nos sentaba en las rodillas y desgranaba, día a día, un cuento que iba seguramente inventando a medida que transcurría. Trataba de un joven príncipe que corría aventuras montado en su brioso corcel (que era una bicicleta), y que estaba enamorado de una princesa hija del sastre del reino. El príncipe tenía una diversión preferida: jugar con sus amigos a la pelota a paleta; pero he aquí que un día la pelota fuese de los límites del frontón, y se perdió en la inmensidad de un bosque al que nadie se atrevía a entrar por miedo al dragón que echaba fuego y cuyo humo  subía en volutas entre los árboles inaccesibles. Valiente si los hay, el príncipe de nuestro cuento montó su brioso corcel (que era una bicicleta) y partió al rescate, con tan buena fortuna que descubrió que el humo del bosque no exhalaba de dragón alguno sino de un viejecito que fumaba una enorme pipa mientras manejaba una curiosa máquina de grandes ruedas como rodillos. “Ma qué dragone: estamo facendo lo pavimento”, explicaba el viejito, italiano para más datos, consagrando sin saberlo papá un grave antecedente antiecológico que para esa época significaba el heroico avance del progreso, y para la de hoy, la nefasta destrucción de la naturaleza.

Naturalmente, el regreso glorioso del príncipe montado en su brioso corcel (que era una bicicleta) le acarreaba entre otras cosas conocer a la princesa (la hija del sastre), encuentro que acabaría en matrimonio, y unos cuantos capítulos después en hijos que nacían en los repollos de la quinta de mis nonos (mi padre estaba aún muy lejos de los actuales conceptos de la educación sexual). La hora del cuento del príncipe es uno de los recuerdos más nítidos de mi infancia, aunque como suele ocurrir casi siempre, con los años papá dejó de ser el príncipe para ocupar el papel del malo, pero eso ya es otra parte de la historia.

Después de la bicicleta, vino la primera moto. Supongo que era marca Puma: y probablemente sería de 75 cc. Por algún motivo, lo más visible que me quedó de ella es el color rojo del tanque de gasolina, que me recordaba a la forma ovalada y brillante de los caramelos cuando se les quita el envoltorio. Y más adelante, el gran orgullo (de él y nuestro, por contagio): la Honda de la foto, un aparato enorme para las motitos de la época, en la que posamos frente a la casa de los nonos, mi hermana Susana, mis primos Raúl Angel y María Alejandra, y yo.

El disfrute de aquella potente moto era de todos: por las tardes, papá solía enganchar un carrito que él mismo había fabricado en el taller y cuya utilidad normal era transportar los tubos de oxígeno y los tambores de carburo de la soldadura autógena, y nos sacaba a pasear por las calles de tierra de los barrios. En esa época, sólo las calles del centro estaban pavimentadas: vivíamos en la calle Rivadavia, y durante mucho tiempo el asfalto llegó hasta unos doscientos metros antes: hasta el cruce con Saavedra. Lo que nos daba, claro, el gran privilegio de poder jugar todavía en las cunetas que  bordeaban las calles y explorar el interior de las bóvedas de desagüe, además de botar barquitos de papel de diario cuando las lluvias llenaban las zanjas.

Pero los domingos por la mañana, la ocasión era aun más  apasionante: cada vez que había oportunidad, papá nos montaba a Tato y a mí en la Honda, y nos íbamos a ver carreras de motos, o de karting, que por allí se llamaban “go-karts”, a los improvisados circuitos que se montaban en las afueras del pueblo. Particularmente esperada (y recordada) era una carrera anual que partía y llegaba de Venado, pero circulaba por varios pueblos vecinos y de la que participaban importantes corredores nacionales. De todas aquellas carreras, tengo una imagen grabada. La marca Zanella presentaba siempre un equipo oficial, año a año favorito. Aquella vez el equipo lo componían tres hermanos de apellido Kissling (luego fueron destacados corredores de monoplazas, y uno de ellos murió a raíz de un accidente en el circuito de Maggiolo). Pues uno de los hermanos había dominado con alguna ventaja toda la carrera, y sucedió que unos cientos de metros antes de la meta, la moto se quedó sin gasolina. Alentado por todo el público que se agolpaba en los kilómetros finales de la competición, el piloto se echó a correr, llevando su motocicleta por el manillar, hasta atravesar la línea de meta muy poco antes de que su perseguidor inmediato (otro de sus hermanos) le diera alcance. Tras cruzar la llegada, se desmayó allí mismo. Llevaban, los tres hermanos, chaquetas y pantalones de cuero negro con la marca de la fábrica que los patrocinaba. Eso no era habitual entonces, en carreras en las que no se veía la sofisticación y el riguroso profesionalismo de hoy. Por nuestra parte, teníamos ídolo propio, cuya falta hubiera hecho mucho menos apasionantes aquellas jornadas: era un piloto local que se llamaba Gaspar Di Martino.

En uno de los relatos que he escrito, un personaje cuenta un recuerdo que –mediado por  las distorsiones de la ficción- bien podría completar estos párrafos. “Cuando era chico había un club de mi pueblo que organizaba todos los años una carrera de motos. Corrían en un circuito enorme que iba hasta los pueblos cercanos.  Me acuerdo que nos levantábamos muy temprano, papá, mi hermano y yo, y nos abrigábamos hasta las orejas. Papá tenía una moto, una moto vieja, y salíamos al camino a ver la carrera. Los corredores pasaban cuatro veces, nada más que cuatro veces, y como la carrera era larga a veces ni siquiera pasaban uno cerca del otro. Pero todo eso nos emocionaba y a papá también. Después del mediodía volvíamos a casa y creo que papá y nosotros éramos felices sin haberlo descubierto”. En el mismo cuento, su interlocutor le responde: “Típico. El paraíso perdido. Me gustaría saber si tu padre era tan feliz como vos te lo imaginás. Me gustaría saber si en realidad eras feliz entonces. Esas ensoñaciones con respecto al pasado remoto no son más que un vicio que arrastramos nosotros, los intelectuales. Pura literatura”.

Es posible. En todo caso, allí está la moto.

 

 


En el viejo álbum de mi infancia, que mis padres conservaron hasta hace muy poco y recién últimamente vino a sumarse a mi desorden de papeles, esta es una de las fotos más antiguas. Tendría, supongo, unos dos años, y quien me sostiene es un jovencísimo tío Raúl, el hermano menor de papá. Hurgo en mi memoria y me cuesta reconocer algunas imágenes: desde siempre, por ejemplo, tengo idea de que la vereda hacía un abrupto desnivel al terminar el frente de nuestra casa y había que ascender tres o cuatro escalones hasta la vereda del vecino, cuya casa estaba a un nivel más alto. Sin embargo, los dos árboles plantados al borde de la vereda, a la izquierda, me hacen ver que en ese tiempo todavía el desnivel no existía. Además, entre la vereda y la calle de tierra, corría una zanja de mediana profundidad, que tampoco se ve en la foto. ¿No será que no se trata de la calle de mi casa?

Pero las verjas de caño y alambre ondulado (hechas en el taller de papá) unidas por pilares de mampostería, resultan inconfundibles, aunque sufrieran luego muchos cambios con el transcurso de los años. Y recuerdo de pronto que entre la vereda y la casa, que empezaba unos cuantos metros hacia atrás dejando en medio un jardín, había efectivamente un desnivel que se salvaba a través de unos escalones repartidos a lo largo de la pasarela de baldosas que unía el portalito con la puerta del comedor, que se abría bajo un porche de madera mellizo y contiguo al de la casa de al lado. Tal era la diferencia de altura entre la vereda y el primer escalón, que cada vez que venía de visita mi bisabuela, “la abuela Catalina”, papá agregaba unos ladrillos para que la anciana pudiera subirlo.

Por la ancha calle Rivadavia, todavía de tierra, llegaba el aire desde el campo, no tan lejano por entonces. Llegaban también, en algunos días precisos de primavera, oleadas espesas de mariposas de todos los colores que perseguíamos con ramas a modo de redes cazadoras, corriendo por la mitad de la calle con poco peligro de que nos atropellara alguno de los escasos autos que circulaban. La mayoría eran mariposas amarillas con filigranas negras, de tamaño medio, pero las había también de otras especies, incluyendo a la más preciada de todas: una enorme mariposa azul metálico que detrás de las alas, según la tradición,  llevaba un número al que, después de descifrado, había que jugar a la lotería. Nunca fui una persona de suerte: los pocos “mariposones” azules que cacé carecían del tan preciado detalle. Íbamos metiendo las mariposas que caían, casi siempre vivas, en una bolsa y las contábamos al final del día para saber quién había sido el mejor cazador. A la hora del recuento, ya no eran más que un angosto cuerpecito tieso cuyas alas se desvestían rápidamente de los polvos que les daban el color, unos polvos que quienes decían saber aseguraban que eran venenosos.

Además de las mariposas, también bajaban en algunos días, por la ancha calle Rivadavia, las gitanas. Difícilmente, con el recuerdo nítido de aquellas experiencias, podría haber yo asimilado la imagen romántica del gitanerío que leería luego miles de veces en la literatura. Vestidas con sus anchas enaguas y polleras de colorinches, la mayoría gordas y de cabellos trenzados bajo los pañuelos para disimular la roña, llegaban en pequeños grupos desde sus campamentos montados temporalmente en las afueras del pueblo y se desperdigaban hacia el centro llamando a las puertas para pedir dinero con la excusa eterna de adivinar la suerte. El rumor de las vecinas se les anticipaba de patio en patio, y las madres corrían a retirar sus hijos de la calle, advirtiéndoles con obstinado terrorismo del peligro de ser secuestrados por tan inescrupulosas mujeres. Como contrapartida a tantos temores, por la tarde nuestros padres nos llevaban en coche o en moto a ver “las carpas de los gitanos”, o de “los húngaros”, como algunos les llamaban. Claro que, manteniendo prudente distancia.


Es posible que la foto que encabeza estos párrafos ni siquiera sea del frente de mi casa (pienso ahora que puede haber sido la de mi tío, en el vecino pero ya cordobés pueblo de Arias, porque las verjas metálicas, construídas en el taller de papá, seguramente se repetirían en ambas casas). De cualquier modo, probablemente hay pocas cosas que queden más sólidamente grabadas en la memoria que las calles en donde ha transcurrido la primera parte de nuestra vida. Y eso que, en mi caso y el de mis hermanos, mi madre prefería aguantar a la caterva de nuestros amigos en el patio del fondo de casa, para evitar que callejeáramos demasiado. No obstante, recuerdo haber corrido arrastrando de una piola coches de madera alrededor de la manzana, hecho navegar barquitos de papel en las cunetas, o jugar a la guerra entre los hinojos como bambúes del baldío de la esquina. Curiosamente, el polvo de mi calle no alcanzó a conocer las huellas de mi primera bicicleta: para entonces, estaba llegando el pavimento.

 

 


En 1967 ingresé al colegio secundario, en el antiguo edificio del Colegio Nacional de la calle San Martín, Sobre el fondo de un viejo Renault Dauphine rojo, el coche que durante muchos tuvo mi abuelo hasta que se compró un Fiat, y una inoportuna máquina volcadora, posamos los cuatro hermanos , ellos todavía con el guardapolvo de la escuela primaria y yo con el traje de rigor en el que luce la insignia del Nacional “Juan B. Alberdi”. La calle todavía era de tierra, y aunque la enorme máquina la tapa, puedo ver como si se transparentase, la fachada de la casa de Daniel Ricciardi, uno de nuestros más controvertidos amigos de la infancia. “El Daniel” era apenas mayor que yo, y como en todas las infancias, cumplía el papel del chico al que las madres guardan desconfianza. No faltaba un día en casa, pero sus actos estaban siempre puestos en cuestión. Como casi todos los chicos que recuerdo de entonces se repartían entre “la Fiscal 496” y la “Cayetano Silva”, dos escuelas primarias del pueblo (salvo algún caso como el de “Eduardito”, que iba al “colegio de los curas”, llamado como no podía ser de otro modo Colegio del Sagrado Corazón), tengo la impresión de que nuestro vecino había dejado la escuela, lo que seguramente agregaba otra mácula a su mala imagen de cara a los mayores, aunque sin duda lo convertiría en una suerte de privilegiado ante nuestros ojos.

A esa edad, ser un poco más grande y encima, actuar con casi absoluto descontrol por parte de los padres, puede ser objeto de admiración y –de no mediar la atenta vigilancia de los padres propios- de emulación. Daniel pasaba la mayor parte del día en la calle, o en el patio de nuestra casa, inventando los juegos más disparatados, y fabulando las historias más inverosímiles que, por supuesto, nadie le creía. Vivía con un hermano mayor, “el Hugo”, cuya mala fama precedía a la de Daniel; su madre, una mujer a la que casi no se veía en público porque adolecía de la vergonzosa categoría de “separada”; y una abuela que si no me equivoco, era la madre del macho abandonador. Entre sus privilegios autoadquiridos, contaba el de sumarse a las mesas del Chanta Cuatro, club barrial de nombre estrambótico cuya fachada puede verse a la izquierda de la fotografía, para jugar al truco con los parroquianos, por supuesto todos mayores. Una costumbre desde luego muy criticada, pero que envidiábamos en secreto todos los chicos del barrio, que frecuentábamos el club pero sólo en su cancha de basket, y sólo teníamos acceso al “bufét” cuando nos mandaban a comprar un sifón de soda. El “bufet” del “Chanta” era para nosotros un mundo atisbado de reojo, donde pululaban hombres solitarios jugando a las cartas con naipes grasientos mientras bebían vino blanco, grapa o ginebra en invariables  vasitos finos y alargados, acompañados por una “picadita” de papas saladas y salamín, atendidos desde la barra por dos hermanos a los que los habitués habían apodado a uno “Cinzano” y al otro “Gancia”, por las dos marcas más populares de vermút. Los ladrillos de las paredes desbordaban cuantiosamente los revoques descoloridos por el tiempo, apenas disimulados bajo fotografías enmarcadas de éxitos bochófilos o basquetbolísticos, las dos especialidades deportivas del club; los pisos, tablas que crujían al paso; y al fondo, bajo un farol de garito, destacaba el paño verde de una única mesa de billar sobre la que trazaban su geometría cuatro bolas blanca, roja, verde y amarilla. A la derecha de la barra de madera, otro de los motivos por los que alguna vez teníamos la oportunidad de entrar allí: un teléfono negro, con bocina cónica, adosado a la pared, desde donde hablaban casi todos los vecinos, previo pago de un canon, en aquel tiempo en que los teléfonos todavía no eran habituales más que en hogares relativamente adinerados.

Debo decir que, tan poco frecuentes como eran nuestros accesos al bar del club, eran de contínuos a la cancha de básquet, sea como espectadores o como jugadores de las diferentes categorías menores del club. Como nuestros padres decían que el bufet era para mayores, lo que significaba vaya a saber por qué motivo que no era conveniente para niños, ni siquiera lo atravesábamos para llegar a la cancha, que estaba al fondo, sino que dábamos la vuelta por el portón, que –eternamente abierto de par en par- puede atisbarse en la foto, justo a la izquierda de la champion. Por allí, después de un patio polvoriento, se llegaba a la cancha de bochas (ese techo a dos aguas que se ve atrás de todo), y girando apenas a la izquierda, a la cancha de basquet, donde debo haber pasado una parte significativa del final de mi infancia.

Pero en el tiempo de la foto, se acercaban mis últimos escarceos con el deporte competitivo. Ese año, una operación de varicocele me dejaría varios meses sin entrenar y, aunque después regresé, muy poco después el mundo intelectual desplazaría a la pelota. El traje con la insignia del Nacional probablemente sea todo un símbolo de un cambio que –al menos es lo que me invento sobre mi propia historia- fue el más radical. Si el fastidio por las siestas obligatorias fue uno de los estigmas de mi infancia, cada vez que pienso en mi vestimenta de la secundaria el recuerdo se liga automáticamente también con la hora de la siesta, pero en muy diferente registro. Llegaba del colegio cuando ya toda mi familia estaba almorzando, y después de comer me echaba de inmediato, sin quitarme ni siquiera el saco ni la corbata, sobre mi cama, en el cuarto que compartía con Tato. Ni siquiera cerraba las tablillas de la cortina americana que daba al patio: como estaba, me acostaba boca arriba y cruzaba el antebrazo izquierdo por encima de los ojos.

Todavía, más de tres décadas después, es el único modo en que duermo bien la siesta.